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Había una vez, en la antiquísima y monumental Biblioteca de los Siete Archivos, un mago novicio llamado Elías. Elías no tenía un báculo imponente, ni una túnica bordada con hilos de plata; tenía un plumero desgastado, unas mangas perpetuamente manchadas de tinta y una tarea que parecía más un castigo divino que una lección de magia: ordenar la Sección Prohibida antes del amanecer.

El Archimago del orden le había dejado una sola regla:

"Cada libro tiene su lugar exacto en el cosmos de los estantes. Si alteras el equilibrio, el caos reclamará el conocimiento".

Al principio, Elías intentó hacerlo a la manera humana. Subía y bajaba las escaleras de roble, cargando pesados tomos de tapas de cuero sobre el Éxtasis del Orden natural de las cosas. Pero por cada tres libros que colocaba de forma alfabética, un volumen rebelde sobre el magnetismo de las estrellas saltaba de su lugar y flotaba hacia el techo. Los libros de esa biblioteca estaban vivos; susurraban entre ellos y odiaban que los encasillaran.

Desesperado, al ver que el reloj de arena avanzaba implacable, Elías decidió usar la magia. Recordó un viejo hechizo de organización axiomática que había leído en secreto. Alzar los brazos, cerró los ojos y pronunció:

¡Ordinatio Absoluta!

Una ráfaga de viento turquesa y destellos dorados brotó de sus manos, envolviendo los pasillos. Durante un segundo, todo fue perfecto. El hechizo levantó miles de pergaminos, enciclopedias y grimorios en un baile perfectamente coordinada. Los libros volaban en círculos perfectos, como un sistema solar de papel y tinta, buscando sus respectivos nichos. Elías sonrió, creyendo haber alcanzado la cumbre de la eficiencia.

Pero la magia de un novicio siempre tiene un precio.

El exceso de energía mística alteró el temperamento de los tomos más temperamentales. Un manual sobre el control del fuego comenzó a escupir chispas; un atlas de monstruos marinos empezó a gotear agua salada, y el volumen central del Éxtasis del Orden abrió sus páginas de golpe, creando un vórtice mágico en mitad del pasillo principal. El orden se había vuelto tan rígido que los libros empezaron a defenderse para no ser encadenados a los estantes.

De repente, la biblioteca se convirtió en una carrera de obstáculos. Un enorme grimorio con ojos en el lomo empezó a perseguir a Elías, mientras cientos de hojas sueltas revoloteaban como murciélagos furiosos a su alrededor. El joven mago no tuvo más remedio que correr por su vida a lo largo de los pasillos de piedra, esquivando estanterías que cambiaban de posición y libros que caían del cielo como meteoritos.

Mientras corría con la túnica ondeando y el pánico en el rostro, Elías comprendió su error. El verdadero orden no se imponía por la fuerza ni con hechizos absolutistas. La biblioteca era un organismo vivo, una mezcla de conocimiento y un toque de caos.

Frenando en seco ante el vórtice místico, el novicio no usó un contrahechizo de control, sino un encantamiento de apaciguamiento. Dejó caer su arrogancia, extendió las manos suavemente y comenzó a susurrar una melodía de calma, la que usaban los bibliotecarios para dormir a los libros más antiguos.

Poco a poco, las páginas dejaron de crujir salvajemente. El gran libro con ojos parpadeó, bostezó y se deslizó suavemente en un estante bajo. Los tomos voladores descendieron como palomas cansadas, acomodándose uno a uno, tal vez no en un orden alfabético perfecto, pero sí en una armonía pacífica.

Cuando el Archimago entró al amanecer, encontró a Elías exhausto, sentado en el suelo de piedra y apoyado contra una estantería. La biblioteca no lucía como un cuartel militar, sino como un bosque místico en perfecta tregua.

El anciano miró a su alrededor, sonrió de lado y le dijo: —Veo que has aprendido la primera lección, Elías. El orden absoluto es una ilusión; el verdadero arte del mago es aprender a bailar con el caos.

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